Coincidí el 21 de Diciembre, hace apenas tres semanas. Con un tipo peculiar…
En la sala de espera del aeropuerto de Belfast, había un hombre sexagenario, de mirada inquisitiva y rasgos enjutos. Que no cesaba de escrutarme mientras yo leía una edición bilingüe de la Ilíada. Poco a poco aquel escrutinio se me hizo incómodo: cada vez que alzaba los ojos del libro, me tropezaba con los suyos, expectantes y casi anhelosos de interrumpir mi lectura
Hasta tal extremo llegó a desazonarme aquella situación que cerré el libro y me dispuse a dar un garbeo por la sala. Aproveche para ir al sanitario, durante los vuelos adoptó un STAND BY continuo que me impide movimientos bruscos o excesivos.
No había dado ni dos pasos cuando el hombre se puso en pie, con prontitud de resorte, y me abordó sin ambages en un idioma que me resultó a la vez abstruso y familiar. Farfullé que no le entendía, deseoso de quitarmelo de encima.
Pero enseguida reconocí que me había hablado en latín “DISCULPE – AÑADIÓ HABLANDO AHORA EN INGLÉS DE RESONANCIAS METALICAS- al ver que leía a Homero, pensé que dominaba la lengua del Lacio”.
Hablaba con cortesía tratando de disipar la primera impresión invasora que había suscitado en mí, y comprendí que no deseaba otra cosa que hablar amistosamente. “AMO EL LATÍN, -le dije- en mi inglés de sintaxis rudimentaria, PERO NO LO DOMINO”
Instantes después me dijo: “Uno nunca llega a dominar nada… De hecho es complicado dominar ni siquiera la propia lengua” Me sorprendió aquel hombre anónimo y no pude que por menos que concederle la razón.
En la sala de espera del aeropuerto de Belfast, había un hombre sexagenario, de mirada inquisitiva y rasgos enjutos. Que no cesaba de escrutarme mientras yo leía una edición bilingüe de la Ilíada. Poco a poco aquel escrutinio se me hizo incómodo: cada vez que alzaba los ojos del libro, me tropezaba con los suyos, expectantes y casi anhelosos de interrumpir mi lectura
Hasta tal extremo llegó a desazonarme aquella situación que cerré el libro y me dispuse a dar un garbeo por la sala. Aproveche para ir al sanitario, durante los vuelos adoptó un STAND BY continuo que me impide movimientos bruscos o excesivos.
No había dado ni dos pasos cuando el hombre se puso en pie, con prontitud de resorte, y me abordó sin ambages en un idioma que me resultó a la vez abstruso y familiar. Farfullé que no le entendía, deseoso de quitarmelo de encima.
Pero enseguida reconocí que me había hablado en latín “DISCULPE – AÑADIÓ HABLANDO AHORA EN INGLÉS DE RESONANCIAS METALICAS- al ver que leía a Homero, pensé que dominaba la lengua del Lacio”.
Hablaba con cortesía tratando de disipar la primera impresión invasora que había suscitado en mí, y comprendí que no deseaba otra cosa que hablar amistosamente. “AMO EL LATÍN, -le dije- en mi inglés de sintaxis rudimentaria, PERO NO LO DOMINO”
Instantes después me dijo: “Uno nunca llega a dominar nada… De hecho es complicado dominar ni siquiera la propia lengua” Me sorprendió aquel hombre anónimo y no pude que por menos que concederle la razón.
excelente relato hector, me fascinan tus historias aunque he hechado en falta un alto contenido de sexo en el relato.
ResponderEliminarpero sin duda donimas la lengua española.
español o castellano?